Cómo un muffin de calabaza con especias puede significar libertad

Muffins de calabaza con especias

Cuando abrí el refrigerador esta mañana vi un solo muffin de calabaza con especias y bajo en carbohidratos, sin gluten y sin frutos secos, con una pizca de canela y un sustituto de la azúcar morena. Calentados y untados con una cucharada de mascarpone, esos muffins estaban de escándalo, pero no fue la expectativa de comérmelo lo que me hizo sonreír cuando lo vi en el refrigerador. Sonreí porque no me lo había comido.

Ese muffin era el único de los 12 que había horneado hace dos semanas. Hice 12, regalé tres, por lo que quedaron nueve. De esos nueve, mi esposo y mi hija comieron tres, dejando seis. Que quedara uno significa que me había comido cinco. En catorce días solo comí cinco muffins. ¡Hubo un tiempo en que no habría regalado ninguno de esos 12!

De hecho, con toda probabilidad, nueve de los 12 habrían desaparecido en los primeros tres días mientras los devoraba de dos en dos, entre comidas o como refrigerio a la hora de dormir. En el pasado, preparaba tandas dobles o triples de muffins, pasteles, tartas, etc. para tener “suficiente”. Suficiente significaba que podía comerme una tanda más o menos por mi cuenta sin que nadie se preocupara demasiado, ya que todavía quedarían algunos para ellos.

Comer menos, moverse más, y fracasar

Hubo un tiempo en el que casi siempre tenía hambre. Me despertaba con hambre y desayunaba sobre las 7 de la mañana. A las 10 necesitaba un refrigerio. Cuando llegaba el mediodía, el hambre me llamaba para almorzar. A media tarde otro refrigerio a las 3, y mientras cocinaba la cena también comía un refrigerio porque me estaba “muriendo de hambre” a las 6. El tiempo de comer no terminaba con la cena, porque también comía un refrigerio antes dormir.

La alimentación constante empeoraba con el estrés, el aburrimiento, la alegría, la desilusión: casi cualquier emoción era una excusa para comer. La mayoría de las veces, tenía hambre de verdad. Mi cuerpo me enviaba señales que me decían que comiera. En ese momento no entendía que era resistente a la insulina. Todavía no había leído sobre la compleja interacción de la insulina, la leptina, la grelina o cualquiera de las otras doce hormonas que influyen en el hambre, la saciedad, el apetito, el estado de ánimo y la supervivencia.

Años de comer los alimentos equivocados para mi cuerpo habían convertido esas señales en un código morse arítmico que llevaba al cuerpo cada vez más rápido hacia alimentos que finalmente lo destruirían en lugar de alimentarlo. Tal vez la relación entre mi hipotálamo y la tiroides era genéticamente disfuncional o tal vez la epigenética (el medio ambiente y mis genes) desempeñaban un papel, pero mi relación con la comida, tanto psicológica como fisiológicamente, era mucho menos saludable de lo que yo sabía.

Me culpé a mí misma. Era un ser humano gordo y patético que no tenía autocontrol. Si tan solo fuera capaz de bajar de peso, sería normal, atractiva y totalmente feliz.

Cuando le pedí ayuda a mi médico, él no tenía ninguna píldora mágica. “Coma menos, muévase más” era el mantra. Come frutas, verduras, cereales integrales saludables y evita la grasa. Cuando comía menos y me movía más, me sentiá miserable. El hambre es un estado miserable del ser, y estaba fisiológicamente con hambre. Moverme me resultaba doloroso porque tenía obesidad mórbida e importantes problemas de espalda. Siempre acabé ganando peso.

Durante semanas comía poca grasa, pocas calorías y me movía más. Como tenía muchísima hambre, nunca podía hacer “dieta” durante más de unas pocas semanas. Terminaba la dieta comiendo grandes cantidades de comida. No podía dejar atrás la verdad fisiológica de que mi cuerpo necesitaba energía y luchaba por sobrevivir. Sí, comía, pero me moría de hambre porque mi cuerpo estaba obteniendo los alimentos “inadecuados” para mí. Todavía no entendía la desregulación metabólica que hacía que mi cuerpo estuviera enfermo.

Volviendo a comer comida real

Cuando descubrí una forma de comer llamada dieta cetogénica, no sabía qué era un macronutriente. Rápidamente, aprendí que hay tres: grasa, proteína e hidratos de carbono. Todos los alimentos están compuestos de macronutrientes. La carne es principalmente grasas y proteínas y muy baja carbohidratos. Las plantas son principalmente carbohidratos, aunque algunas sí tienen grasas y proteínas.

Cada macronutriente afecta al cuerpo de forma diferente porque se procesa y se accede de forma diferente. Los carbohidratos se procesan como glucosa, una fuente de energía rápida para gran parte de nuestro cuerpo. Para procesar la glucosa, el cuerpo libera insulina. Cuando funciona de forma eficiente y adecuada, la glucosa es utilizada por las células y se almacena el exceso de glucosa. Las grasas son una fuente de combustible muy eficiente y no tan fáciles de almacenar como los carbohidratos. La proteína se usa para construir y reparar el músculo y se puede convertir en glucosa si el cuerpo detecta la necesidad.

Las proporciones correctas de macronutrientes y la cantidad que comemos de cada uno pueden tener un tremendo efecto en nuestra salud. El desafío para la mayoría de nosotros es averiguar cuál es el mejor para nosotros, y determinar que alimentos son “adecuados” para el cuerpo, especialmente cuando tenemos algún tipo de disfunción metabólica como diabetes, resistencia a la insulina, SOP, etc.

Cuando pienso en la posibilidad de comer alimentos “inadecuados” en vez de los “adecuados”, mirar hacia atrás en el tiempo me da la respuesta más simple. Nuestros bisabuelos normalmente tenían acceso a carne, pescado y verduras de la zona. Su vida diaria incluía trabajar para obtener ese equilibrio de alimentos reales y naturales.

Imagínate transportar a esos antepasados de antes de la revolución industrial hasta las cocinas actuales. ¿Cómo comenzaríamos a explicarles las Pop Tarts, los cereales de colores y tarros de plástico con pasta que metemos en una caja de metal y suena un timbre cuando la cena está “hecha”? No hay duda de que la forma en que obtenemos y preparamos la comida ha cambiado, pero lo más importante es que lo que llamamos “comida” es muy diferente. Los alimentos, para la mayoría de la gente, provienen de una caja, un congelador o una ventana de autoservicio. La comida tiene ingredientes. Imagina la lista de “ingredientes” en 1883. ¿Tenía siquiera ingredientes la comida entonces? ¿Había siquiera un sitio donde comprar muffins de calabaza con especias?

Los productos altamente refinados y procesados que ahora llamamos alimentos nos están haciendo, como país, tremendamente poco saludables. Cada vez hay más diabéticos y obesos. Las enfermedades a menudo diagnosticadas solo en la edad adulta ahora se están viendo en niños. Los productos alimenticios bajos en grasa que muchos de nosotros hemos consumido exclusivamente para perder peso han contribuido a la epidemia de obesidad y diabetes.

Las fábricas donde se crea “comida” están diseñadas para obtener beneficios, no para las personas. Los ingredientes no crecen en árboles, arbustos ni se extraen de la tierra. Las carnes y productos lácteos que consumimos no provienen de animales que viven de un modo natural, sino de animales que a menudo están enfermos y son maltratados. Muchos animales producidos para comida se mantienen vivos con antibióticos. Se les dan hormonas para que crezcan más rápido o para aumentar la producción de leche. Son alimentados con cereales para engordarlos en lugar de pasto, su alimento natural.

Nuestra “comida” está hecha para ser no perecedera. Los científicos especializados en alimentación tienen la tarea de combinar azúcar, sal y grasa, que no solo disfrutamos, sino que también provocan antojos para que compremos más productos. Esos antojos son especialmente perjudiciales para los que tenemos una disfunción metabólica.

La alegría que sentí cuando vi el muffin de calabaza con especias que había dejado en el refrigerador no tenía nada que ver con calentarlo, untarlo con mantequilla o mascarpone, y hundirlo con café recién preparado con prensa francesa. Ese muffin me recordó la libertad que ahora tengo respecto a la comida.

En lugar de tres comidas al día y tres o cuatro refrigerios, ahora normalmente como dos o tres comidas y ningún refrigerio porque ya no tengo hambre. Ya no estoy hambrienta.

Al eliminar los alimentos procesados y refinados y comer alimentos naturales y reales, ayudé a mi cuerpo a sanarse, normalicé el peso, reduje la inflamación y descubrí cómo se siente el hambre verdadera. Durante más de tres años, he roto el ciclo ridículo de la dieta, las comilonas, el odio a mí misma, la dieta, las comilonas, el odio a mi misma, las comilonas, el odio a mí misma y vuelta a empezar. Comer alimentos reales es una solución real que funciona.


Kristie Sullivan

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Acerca de Kristie

Kristie Sullivan comenzó una alimentación baja en carbohidratos en 2013 después de luchar toda su vida con la obesidad.

A causa de su éxito personal, empezó a ayudar a otras personas para que aprendan a hacer de la alimentación baja en carbohidratos un delicioso estilo de vida. Abrió un canal en YouTube, Cooking Keto with Kristie (Cocinando Keto con Kristie), y publicó una colección de sencillas recetas cotidianas con bajos carbohidratos que se llama Un Viaje hacia la Salud: Un viaje que vale la pena hacer.

Kristie promueve una alimentación muy baja en carbohidratos que se basa en comer limpio. También tiene una página en Facebook que se llama Simply Keto y un grupo de Facebook cerrado que se llama “Low Carb Journey to Health (Cooking Keto with Kristie)”.

Kristie vive con su familia en la hermosa región de Sandhills en Carolina del Norte. Tiene un doctorado en Investigación Educacional y Análisis de Políticas de la North Carolina State University y trabaja en asesoramiento de educación superior, evaluación, investigación y acreditación.

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