La dieta cetogénica: “No tengo duda de que alcanzaré mi objetivo”

Deborah

Deborah comenzó a ganar peso en su adolescencia. Una vida de dificultades finalmente le llevó a la dieta cetogénica. Ahora está en mejor forma que nunca. Esta es su historia:

Yo era una niña delgada. Mis problemas de peso empezaron en la pubertad, aunque pasó un tiempo antes de que realmente fueran evidentes. Crecí en los años setenta y ochenta, y mis padres nos dieron una alimentación “saludable”, o lo que se les dijo que era una alimentación saludable. Creo que nunca probé la mantequilla. Huevos una vez a la semana. Comíamos carbohidratos, productos bajos en grasa, cereales, muchos productos de soya. Aves de corral y carne algunas veces a la semana. Y una vez que alcancé la pubertad, no estoy segura de si alguna vez me llené de verdad. Mis padres eran estrictos con el azúcar —pero lo comí a hurtadillas siempre que pude— y una vez que tuve la edad suficiente para ir sola a la escuela, mis oportunidades para comprar chocolate y papas fritas aumentaron… a la vez que lo hizo mi cuerpo.

Cuando tenía catorce o quince años, pesaba unos 22 kg más que el peso “ideal” para mi estatura. Y ese se convirtió en mi punto de referencia durante los próximos ocho años más o menos. Intenté hacer dieta por primera vez con dieciséis años. Hice unos meses de Weightwatchers y perdí aproximadamente 13 kg… pero solo podía mantener ese peso si aceptaba tener hambre constantemente y una constante sensación de privación. No duré mucho, y después de un año más o menos de sentirme por fin normal, volví a mi punto de referencia. Me quedé allí hasta que tuve veintipocos años, cuando un breve período de depresión me llevó a comer en exceso y gané otros 11 kg más por encima del punto de referencia. Entonces de alguna forma reuní la energía mental para hacer dieta de nuevo. Volví a Weightwatchers, volví a tener hambre constantemente. Lo hice durante más de un año y solo perdí 16 kg. Luego lo dejé, y el rebote fue peor de lo que podría haber imaginado. Con 24 años, pesaba 113 kg, y solo mido 162 cm.

Si me sentía desdichada en silencio con 84 kg, con 113 kg me sentía miserable. Pero ¿cómo podía siquiera pensar en hacer dieta de nuevo? Hacer dieta me hizo engordar. ¿Cómo podría forzarme a soportar esa hambre atroz para perder algo de peso, temporalmente, y terminar pesando más?

Fue una conversación con una amiga hace dieciséis años la que me llevó, finalmente, a donde estoy hoy. Ella me dijo que había sido diagnosticada con SOP, una enfermedad sobre la que yo nunca había escuchado nada. Me dijo cuáles eran los síntomas. Yo los tenía todos. Así que la investigué, eran en los primeros días de internet, por lo que la información se estaba volviendo más fácil de conseguir. Uno de los artículos que leí explicaba que el SOP estaba relacionado con la resistencia a la insulina y se recomendaba una dieta baja en carbohidratos para la afección.

Esto me recordó la única otra vez que había leído sobre la conexión entre la insulina y los carbohidratos, unos años antes, leyendo un libro llamado “The Carbohydrate Addicts Diet”. Relacionaba la obesidad con la insulina alta, que se desarrollaba por una ingesta alta de carbohidratos. Tenía mucho sentido. Incluso la probé durante algunas semanas. Recomendaba dos comidas muy bajas en carbohidratos al día y una comida rica en carbohidratos, que se comen en una hora. Fue relativamente fácil de seguir, pero no perdí nada de peso, y esa hora de la “comida de recompensa” se convirtió rápidamente en un atracón. Pero ahora podía ver que había otra razón por la que podría funcionarme. Estaba segura de que tenía SOP. Estaba demasiado avergonzada de mi tamaño para ir a un médico, y no tenía otros problemas de salud aparte de la obesidad, o nada que apareciera en los análisis de sangre regulares. Nunca me hicieron una prueba de insulina.

Tenía veintiocho años cuando di el paso y decidí arriesgarme a engordar aun más haciendo dieta de nuevo. Empecé con la dieta de “Carbohydrate Addicts”. Perdí 22 kg, pero luego me estanqué, y no pude evitar que esas comidas de recompensa se convirtieran en atracones. Esto fue en 2002. Encontré un foro de alimentación baja en carbohidratos en internet. Vi a gente hablando sobre Atkins. Todo lo que sabía sobre Atkins era que era “poco sano y peligroso”; eso era lo que todo el mundo decía. Cuando me preguntaban qué había hecho para perder esos 23 primeros kilos, siempre me decían: “Pero no es Atkins, ¿verdad?” cuando les mencionaba la alimentación baja en carbohidratos, y les aseguraba rápidamente: “Por supuesto, ¡no, no es Atkins!”. Pero luego me uní a ese foro y comencé a leer más, y me di cuenta de que, en realidad, Atkins no era peligroso, y que si quería perder el resto del peso, probablemente era lo que debía hacer. El cambio fue difícil, pero cuando finalmente lo hice, me maravilló. Pensaba que restringir los carbohidratos a una sola comida diaria había eliminado los antojos; y sin duda había ayudado. Pero cuando me pasé a Atkins, esos antojos desaparecieron totalmente. Me liberaron de la comida de una manera que nunca había entendido que fuera posible. No era glotona, no comía de forma emocional; simplemente estuve a merced de mi alta insulina. Y ya no lo estaba. Durante los siguientes dos años, lentamente perdí otros 22 kg (siempre he perdido kilos de forma lenta). Con treinta y un años, finalmente alcancé un IMC “normal”, por primera vez desde que tenía unos trece años.

Mantuve el peso durante otros tres o cuatro años. Pesaba 47 kg menos que cuando tuve el peso más alto. Había resuelto todos los síntomas del SOP. Todo lo demás se veía genial. Yo estaba muy feliz. Era una defensora apasionada de la alimentación baja en carbohidratos. Estaba enojada por toda la información errónea que había, información que me había hecho pensar que la obesidad era culpa mía, era un defecto de personalidad, que era un glotona incontrolable, en lugar de alguien con un desequilibrio hormonal debido a una dieta alta en carbohidratos y propensión genética. Seguí a defensores bajos en carbohidratos; reservé con antelación “Good Calories, Bad Calories” del Dr. Fung antes de que incluso fuera publicado. Tenía innumerables otros libros sobre el tema.

En 2008 me quedé embarazada de mi primer hijo. Y estaba tan enferma que no podía comer ninguna proteína ni verdura. Intenté aferrarme a los alimentos que sabía que eran buenos para mí, pero no pude. Y tampoco podía simplemente no comer, porque junto con las constantes e incesantes náuseas, tenía punzadas de hambre que me daban la sensación de que mi estómago se devoraría si no le daba algo. Así que terminé comiendo carbohidratos. Carbohidratos malos. Y luego los vomitaba, generalmente al menos cuatro veces al día. Pero aun así gané peso. En el momento en el que las náuseas disminuyeron lo suficiente como para volver a mi consumo normal de carbohidratos, ya había ganado 11 kg. No gané más peso durante el resto del embarazo, pero el daño ya estaba hecho.

Cuando di a luz a mi hijo, no perdí nada de ese peso. Y luego gané otros 3 kg cuando mis hermanas insistieron en que no tendría leche para el bebé si no comía carbohidratos. Las hice caso durante un mes, gané más peso, hasta que supe que tendría que intentar volver a comer bajo en carbohidratos. Bueno, comiendo bajo en carbohidratos, tenía mucha leche y el aumento de peso se detuvo, pero tampoco perdí nada. Incluyendo algunos kilos de peso de las indulgencias de la luna de miel, en ese momento pesaba 19 kg más que con mi peso más bajo. Está bien, pensé. Ahora sé cómo comer, lo he hecho antes. Sí, ahora estoy amamantando, todavía no puedo hacer dieta, pero una vez que termine, sabré cómo bajar de peso. Sí, me llevará tiempo, pierdo peso lentamente, pero lo haré. Así que continué comiendo bajo en carbohidratos. No los contaba, pero nunca comí almidones, azúcares ni legumbres. Me centré en proteínas, grasas y verduras. Pero usé edulcorantes y comía frutos secos. Tal vez una vez cada dos semanas, un poco de camote.

Durante los siguientes ocho años, tuve problemas. Sabía que perdía peso lentamente, sabía que en el pasado había hecho todo bien y nada parecía moverse en la balanza, pero de repente perdí 4 kg en una semana. Así que sabía que tenía que ser paciente. Pero no importó lo paciente que fuera, no ocurrió nada. Simplemente no estaba funcionando. Intenté otras cosas. Traté de ser más estricta, conté los gramos de proteínas y carbohidratos. Perdí algunos kilos, pero fue difícil, y me sentí privada, luego perdí mi trabajo y ese trauma me hizo perder el control que tenía. Volví a la dieta baja en carbohidratos normal y recuperé los pocos kilos que había perdido. De vez en cuando tenía un día en el que me sentía desanimada, derrotada y triste por mi trabajo, y decía: “Vamos a comer pizza”. Y esas pocas comidas, aquí y allá, tal vez una vez a la semana, en un período de un mes, fueron suficientes para ganar otros 4 kg.

Ese patrón continuó. Comía bajo carbohidratos el 99 % del tiempo. Keto vago, si lo prefieres. Cuando lo seguía, mantenía mi (alto) peso, pero no conseguía perderlo. Cuando encontraba fuerzas, probaba algo más: dejar el edulcorante durante un mes o hacer keto al 100 %, o contar también calorías, pero nada funcionaba, simplemente no podía perder peso. Y eso fue tan desalentador que se hizo más difícil seguir comiendo como lo había hecho durante tantos años. Pero si alguna vez comía algo alto en carbohidratos, solo una vez, ganaba medio kilo de forma instantánea. Durante ocho años, esos kilos se fueron acumulando.

Luego, en noviembre de 2016, leí el Código de la obesidad del Dr. Fung. Estaba familiarizada con la mayoría de lo que escribió, pero dos cosas sobresalían: 1) los edulcorantes artificiales aumentan la insulina y 2) incluso si comer bajo en carbohidratos disminuye la insulina, puede no bajar lo suficientemente como para cambiar tu punto de referencia de peso. No a menos que añadas el ayuno, lo que reduce la insulina por completo. También leí su explicación de cómo el cortisol puede afectar a la insulina y cómo el estrés y la falta de sueño pueden elevar el cortisol. Bueno, en ese momento yo era madre de dos hijos pequeños. Ninguno de los dos dormía bien, y había tenido años de privación constante del sueño. También tuve periodos de estrés, con la pérdida de mi trabajo, al mudarme de casa, los altibajos de convertirme en trabajadora por cuenta propia, el estrés siempre presente de ser madre y las tensiones graves de la vida en una zona en ocasiones de guerra (vivo en Jerusalén, Israel). Todas esas cosas habrían contribuido a elevar mi nivel de cortisol; ¿tal vez es por eso que no pude perder peso a pesar de comer bajo en carbohidratos?

Bueno, dejé de usar edulcorante. Fue muy difícil renunciar a mi café cremoso y dulce de la mañana, pero finalmente entendí por qué necesitaba hacerlo, ¡y lo hice! También comencé el ayuno en días alternos, continuando con mi dieta baja en carbohidratos/keto en los días que comía. Comencé con ayunos de 24 horas, luego pasé a 36, ​​y actualmente hago tres ayunos de 42 horas cada semana.

Y ahora, alrededor de un año después, bajé casi 22 kg, y solo tengo 55 kg más que el día que me quedé embarazada, hace diez años. Mi amor y pasión por la comida baja en carbohidratos y keto se ha renovado. Y me encanta ayunar. Puedo sentir que mi insulina está bajo control, tal como estaba cuando comencé a comer bajo en carbohidratos hace 16 años. No tengo dudas de que alcanzaré mi objetivo de nuevo, sin importar el tiempo que tarde. No solo eso, sino que ahora que he añadido el ayuno a mi arsenal, junto con la comida keto/baja en carbohidratos, sé que una vez que llegue, podré mantener ese peso objetivo.

Tengo casi cuarenta y cinco años, lo más probable es que me dirija a la perimenopausia y, sin embargo, peso 36 kg menos que cuando tenía veinticinco años. ¡Estoy más delgada que cuando tenía quince años! Estoy llena de energía. Puedo seguir el ritmo de mis activos y delgados hijos y esposo. Ya no resoplo cuando camino cuesta arriba. También estoy creando un sitio web sobre la vida kosher keto, porque hacer la dieta keto es un poco más complicado cuando no puedes mezclar carne y productos lácteos en las comidas, y cuando no comes carne de cerdo o marisco, y me gustaría compartir todos los consejos y recetas que he desarrollado en los últimos dieciséis años con otras personas que tengan las mismas restricciones.

Estoy muy agradecida a todos los profesionales médicos con visión de futuro que pudieron ver que los consejos tradicionales simplemente no funcionaban para sus pacientes, y que investigaron para descubrir qué les podría ayudar. Me sentí muy atrapada durante muchos años, y ahora gracias a ellos soy libre. Y tengo toda la intención de permanecer libre. Nunca más estaré a merced de los antojos de carbohidratos con alta insulina.

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