De medicarse para la depresión y el peso, a ayunar y comer bajo en carbos

Kate Notwell

Hasta que descubrí la dieta keto en el verano de 2018, pasé la mayor parte de mi vida con problemas de peso, subiendo y bajando. Aunque antes de la adolescencia estaba relativamente dentro de la normalidad, los problemas de peso empezaron de verdad cuando tenía 13 años y pasé un verano con mi tía, que también tuvo problemas de peso. Gané casi 18 kg (40 lb). Comíamos cosas como “perritos calientes gourmet”, que no era más que una forma sofisticada de llamar a los perritos calientes con papas fritas y croissants de chocolate de la pastelería del barrio.

Desde que tenía 13 años sufrí periodos irregulares y dolorosos. El doctor me recetó de inmediato la píldora, sin realizar ninguna prueba hormonal ni de otros marcadores de salud. La píldora era para ayudar a “enderezar las cosas”. El ciclo se regularizó y, como era joven, nunca pensé en preguntar cuál era el motivo real de los periodos irregulares. Necesitaba una solución y la obtuve.

A mi familia le encantaba comer carbohidratos y con frecuencia comíamos pasta y pan, así que mis problemas con el peso continuaron durante la secundaria. Algunos años ganaba peso y otros lo perdía. Eso me hizo tener problemas de autoestima, y en un momento dado me diagnosticaron depresión. La depresión me hizo comer más comida reconfortante repleta de carbos, lo que junto con el Zoloft, la medicación para la depresión que me recetaron, me hizo ganar más peso. Con el tiempo, yo misma dejé la medicación porque el exceso de peso me deprimía más, no menos.

Mi tía falleció con solo 50 años debido a un mieloma múltiple —un tipo de cáncer— cuando yo tenía 20 años. Yo estaba devastada y me veía reflejada en ella. Cuando falleció, estaba bastante obesa, y sabía que sus hábitos fueron el factor que más contribuyó a su fallecimiento; ella era una educadora increíble, y pasó tanto tiempo dedicada a enseñar a otras personas, que se olvidó de lo importante que era cuidarse a sí misma. Fue entonces cuando supe que tenía que hacer algo más para mejorar mi salud.

Tras su muerte, pronto me volví adicta a las pastillas para adelgazar a base de efedrina que ahora son ilegales y que entonces conseguí en un tienda clandestina de alimentos naturales. Después de no haber podido mantener la pérdida de peso solo con dieta y ejercicio, estaba desesperada por estar “delgada y saludable”, así que arriesgué mi salud tomando 14 pastillas al día que me provocaban sudores y me aceleraban el corazón de forma constante. Y sí que adelgacé: en 3 meses pesaba 55 kg (120 lb) con una altura de 160 cm (5”3’). Después de que el ritmo cardíaco acelerado y unos episodios de mareos me hicieran ir a urgencias para hacerme un electrocardiograma por miedo a estar sufriendo un ataque al corazón, supe que no podía continuar por ese camino. Dejé las pastillas y el peso volvió con venganza.

Está claro que tampoco ayudó que la relación en la que estaba no fuera saludable. Recurrí a los alimentos que me eran reconfortantes. La única forma en la que mi pareja y yo parecíamos establecer lazos era con salidas a la tienda del barrio para disfrutar comiendo caramelos, papas, refrescos y cualquier cosa que llenara el vacío de no afrontar nuestros problemas. Cuando decidí dejarlo con él, pesaba más que nunca: 114 kg (250 lb).

Entré en la siguiente fase: intentar bajar de peso de “forma correcta”. Empecé a correr, a hacer pesas y a eliminar la harina y el azúcar de la dieta. Me limitaba a “carbos saludables” como pasta integral. Perdía peso, pero nunca mantenía la pérdida. Seguí en la montaña rusa de peso que pensaba que formaría parte de mi vida para siempre. También dejé de tomar la píldora después de que otro susto de salud cardíaca me llevara a la sala de urgencias con un dolor punzante en la cabeza, dolor en pecho y entumecimiento del brazo izquierdo. Había leído sobre los riesgos de ataques al corazón y accidentes cerebrovasculares debidos a la píldora, y no quería formar parte de esa estadística.

Por último, durante este periodo a finales de la veintena, me diagnosticaron síndrome del ovario poliquístico (SOP) y resistencia a la insulina. Mis problemas con el peso empezaron a tener sentido. “No soy yo”, pensé, “es la enfermedad”.

Mi doctor me recetó de nuevo la píldora, y aunque tenía miedo de tomarla otra vez, estaba desesperada. Hasta cierto punto me ayudó a controlar el peso. También me hizo estar muy irritable y emotiva, algo que nunca había reconocido antes como un efecto secundario de la píldora; siempre había pensado que estaba simplemente “loca”. ¿Podría existir otra cosa que me ayudara? Mi doctor me recomendó metformina, un medicamento usado para la diabetes. “¿Otro medicamento?”, pensé. Ni siquiera me gustaba tomar analgésicos.

Sabía que tenía que haber otra forma y estaba segura de que estaría relacionada con la comida. Impulsada por el deseo de encontrar una solución mejor, empecé la habilitación de nutricionista, y encontré a gente como yo que estaba buscando formas de curarse sin medicación. Todos sabíamos que hay momentos y lugares en los que usar medicación, pero también sentíamos que estábamos sobremedicados y que la respuesta no está siempre en una pastilla; la respuesta era a menudo cambios en la alimentación y los hábitos.

Y por fin descubrí al Dr. Jason Fung, leí sus libros sobre ayuno y aprendí sobre los estilos de vida bajos en carbos y cetogénicos.

Al ser amante de los carbohidratos, o más bien adicta a ellos, al principio me fue difícil seguir la dieta. Con frecuencia tuve recaídas de varias semanas. Sin embargo, cuando me ceñí a una combinación de ayuno y alimentación baja en carbos, los resultados hablaron por sí mismos; mantuve la pérdida de peso, tenía la mente clara, mis emociones y estado mental eran estables y tenía más energía e impulso.

En la actualidad estoy certificada como nutricionista y soy amante de la vida keto, además de escritora por cuenta propia para Diet Doctor. Escribo algunos de los artículos de noticias.

Y soy humana. Hay días en los que me dejo llevar, pero son cada vez menos y más espaciados, ya que me doy cuenta de lo bien que me siento comiendo bajo en carbos y lo mal que se siente mi cuerpo cuando tengo un desliz. Después de los pocos días al año que me merece la pena comer más carbos —como en la boda de un amigo o en mi visita anual a mis padres— hago varios días de ayuno y vuelvo directamente a comer keto. No uso medicación, he perdido un total de 48 kg (105 lb) y me quedan 4,5 kg (10 lb) más por bajar. ¡He revertido totalmente la resistencia a la insulina según mi última visita al médico! Sigo esforzándome por revertir el SOP, pero por fin sé de lo que es capaz mi cuerpo: es capaz de sanarse.

Ahora uso mis conocimientos y mis experiencias personales para ayudar a otras personas a tomar el control de su salud con cambios de hábitos. Intento canalizar el deseo de mi tía de educar y cambiar la vida de la gente cada vez que tengo la oportunidad enseñándoles que nuestros cuerpos pueden sanarse por ellos mismos con lo que comemos y la forma en la que comemos.

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