¿La dieta baja en grasas reduce las muertes por cáncer de mama?

Enfermera haciendo mamografía

Los comunicados de prensa sobre un informe no publicado del estudio Women’s Health Initiative (Iniciativa por la salud de la mujer o WHI en sus siglas en inglés) dan a entender que comer menos grasa mejora las posibilidades de las mujeres de sobrevivir a un cáncer de mama. Sin embargo, una evaluación más crítica del estudio parece indicar que es necesario cuestionar la importancia de los resultados.

El ensayo de Women’s Health Initiative (WHI) comenzó en 1993, y distribuyó de forma aleatoria entre 48.000 mujeres una dieta estándar con al menos el 32 % de las calorías provenientes de la grasa y un grupo de “intervención alimentaria” al que se le recomendó reducir la grasa al 20 % de las calorías (en realidad, las redujeron de media a un 25 %) y consumir más frutas y verduras, por lo menos cinco porciones al día, así como al menos seis porciones al día de cereales integrales.

La publicación inicial de este ensayo en 2006 no mostró diferencias en la evolución primaria de las tasas de cáncer tras 8,5 años.

El nuevo informe del estudio WHI (todavía no publicado), muestra una reducción de un 20 % de los fallecimientos por cáncer de mama. Cabe señalar que es una reducción del riesgo relativo y que no se ha publicado la reducción del riesgo absoluto. Estos detalles importan a la hora de interpretar los datos, pero tenemos que esperar a que el artículo se publique.

Tan solo hay que mirar los resultados publicados sobre el mismo estudio WHI tras un seguimiento de 11,5 años para saber por qué esto es importante: los investigadores observaron una reducción de la mortalidad del 22 % tras el diagnóstico de cáncer de mama, lo que equivalía a una diferencia de mortalidad en términos absolutos de 1,1 % y 0,9 % respectivamente.

Así es. La reducción del 22 % de riesgo relativo fue una reducción absoluta de solo un 0,2 % tras 11,5 años. Además, el riesgo de morir específicamente de cáncer de mama fue respectivamente de 0,4 % y 0,3 %. Como puedes ver, poner las cosas en perspectiva respecto a la reducción absoluta del riesgo es fundamental para entender la importancia del efecto real de una intervención, sobre todo teniendo en cuenta que el estudio deja muchas otras cuestiones sin respuesta.

Por ejemplo, en la publicación de 2016 se describió un factor crucial (y problemático) del diseño del estudio WHI.

El grupo de intervención recibió un programa intensivo de cambio de conducta que consistía en 18 sesiones grupales durante el primer año y sesiones trimestrales de mantenimiento después. Cada grupo estaba formado por entre 8 y 15 mujeres y era dirigido por un nutricionista especialmente formado y titulado. Las integrantes del grupo de control recibieron una copia de Nutrición y tu salud: las recomendaciones alimentarias para los estadounidenses.

Es decir, el grupo de intervención tuvo apoyo grupal y asesoramiento regular, mientras que el grupo de control recibió un libro. Si eso no crea un marco para que haya sesgo de intervención, no sé qué podría crearlo. Por desgracia, este fallo en el diseño emborrona cualquier resultado del ensayo, pues no podemos saber con seguridad si alguna de las diferencias en el resultado se deben a la intervención alimentaria o simplemente al aumento de la atención personalizada.

Los autores promocionan el estudio como “la primera evidencia con ensayo clínico aleatorizado de que un cambio alimentario puede reducir el riesgo de las mujeres posmenopáusicas de morir por cáncer de mama”. Aunque a primera vista puede ser cierto, nos seguimos preguntando cómo difirieron las dos dietas durante los 20 años de seguimiento. ¿La calidad de las grasas y los carbohidratos fue diferente? Por ejemplo, ¿el grupo con mayor consumo de grasas usó aceites vegetales industriales para añadir grasa extra? ¿O comieron más grasas naturales? ¿El grupo más alto en grasas comió más cereales y carbohidratos refinados debido a que no se les recomendó comer frutas y verduras? ¿Mejoraron otros hábitos de salud en el grupo bajo en grasas por las sesiones de apoyo? Cualquiera de estos ejemplos podría explicar una diferencia muy pequeña en la mortalidad por cáncer.

Además, el grupo de estudio informó de una pérdida de peso corporal un 3 % mayor que el grupo de control. Esa pequeña reducción también podría explicar la ligera diferencia en mortalidad. Por ejemplo, un artículo indicó que el beneficio sobre la mortalidad fue más pronunciado en las personas que no tenían buena salud metabólica al inicio, así que es posible que la diferencia de peso explique la disparidad de resultados.

Algunos de los comentarios en respuesta al artículo fueron “Los pacientes están ávidos de hacer algo para mejorar los resultados del cáncer de mama” y “Lo que comemos importa”. Aunque son ciertos, aún está por ver que el presente estudio proporcione una recomendación específica de forma adecuada.

No debería sorprender que reducir el consumo de cereales y azúcar refinado y centrarse en alimentos naturales mejore la salud en general, la salud metabólica y probablemente incluso los resultados de cáncer. No obstante, este informe parece tener demasiadas lagunas para influir en nuestras recomendaciones alimentarias específicas. Una vez más, tenemos que asegurarnos de que la solidez de las recomendaciones va a la par con la solidez de las evidencias.

Gracias por leernos,
Dr. Bret Scher, FACC

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