Por qué un impuesto a la carne roja es una mala idea

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La semana pasada, vimos titulares que sugieren que un impuesto mundial a la carne podría salvar cientos de miles de vidas y miles de millones de dólares anuales en atención médica.


20 minutos: Un estudio defiende que crear un “impuesto de la carne” salvaría cientos de miles de vidas

CNN Español: ¿Un impuesto a la carne roja y procesada a nivel mundial?

Público: Un impuesto a la carne podría salvar más de 220.000 vidas, según un estudio de Oxford

Los titulares no provienen de un examen serio de tal impuesto por parte de las autoridades a nivel mundial, sino más bien, de un único estudio de modelado que la Universidad de Oxford publicó la semana pasada en PLOS. Un estudio de modelado es más un “ejercicio académico” que ciencia rigurosa.

Por supuesto, toda la idea de que la carne roja contribuye al aumento de las tasas de enfermedades crónicas se basa en pruebas epidemiológicas débiles, un tipo de evidencia que necesita ser probada en ensayos clínicos aleatorizados para demostrar causalidad. Estos ensayos nunca se han hecho. Así que, a pesar de los persuasivos titulares que generó este estudio de modelado, toda la premisa en la que se fundamenta (que el consumo de carne roja y/o procesada aumenta las tasas de enfermedades crónicas) es, en el mejor de los casos, débil.

Además, aparte de que la premisa básica de un impuesto a la carne puede ser falsa, hay otro par de hechos acerca de un impuesto a la carne que son particularmente irritantes. Los nutricionistas en general están de acuerdo en que la carne es un alimento denso en nutrientes y repleto de proteínas, y una cantidad adecuada de proteína es importante para la salud. Si un impuesto reduce el consumo de carne, no hay garantía de que la gente reemplace las calorías perdidas por alimentos como el brócoli y las lentejas, que se presume que son más saludables; es tan probable (o quizás más probable) que los alimentos procesados deficientes nutricionalmente (pero sabrosos) hechos con carbohidratos refinados y aceites vegetales sean el sustituto de preferencia. Ese cambio menoscabaría la salud, no la mejoraría.

Además, este tipo de impuesto es regresivo, lo que significa que afectaría más a los grupos de población pobres y desnutridos que a los grupos más ricos. Es probable que un gran aumento en el costo de la carne provoque que los compradores con presupuestos limitados consuman calorías baratas y altamente procesadas. Esto sería de todo menos útil para los que ya tienen dificultades para llegar a fin de mes.

Para una mirada más amplia acerca del tema de un impuesto a la carne, considera leer el siguiente artículo de Diana Rodgers, dietista:

Sustainable Dish: ¿Es un impuesto a la carne una buena idea? (en inglés)

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