Interrumpida por el hambre

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Fue una interrupción sutil, un leve roce en el fondo del estómago que interrumpió mi concentración. Estaba sentada en mi mesa en el trabajo, revisando las tres cosas que necesitaba finalizar ese día, cuando el hambre llamó.

Sonreí mientras miraba el reloj. Eran casi las 2:30 de la tarde. Había desayunado unas siete horas antes y estas fueron las primeras punzadas de hambre que sentí. En vez de sentirme débil, marearme o enojarme por el hambre, simplemente noté una agradable llamada en las paredes del estómago, seguida de un educado: “Nos vendría bien algo de comida por aquí”.

Altos carbohidratos y refrigerios constantes

Los cajones de mi escritorio y mi aparador siempre estuvieron llenos de refrigerios. En el apogeo de comer alto en carbohidratos tuve más paquetes de galletas saladas, barras de granola y refrigerios envasados ​​bajos en grasa que cualquier minisúper decente. Además siempre tenía chocolate o caramelos por si tenía una crisis de hipoglucemia.

Mi rutina diaria era desayunar antes de salir de casa a las 7:30 de la mañana. El primer refrigerio entre las 9 y las 10. Me esforzaba mucho para no comer de nuevo antes del almuerzo, pero a menudo comía al mediodía. A las 2 de la tarde comía el segundo refrigerio y, con frecuencia, un refrigerio más antes de salir de la oficina a las 5 de la tarde para poder esperar a cenar con mi familia a las 6. Mientras preparaba la cena, también comía. Cuando cenábamos y la cocina quedaba limpia, pensaba en un refrigerio antes de dormir, que comía diligentemente a las 10. En un día normal, comía seis o siete veces al día.

No solo comía con frecuencia, sino que no eran comidas pequeñas. Al fin y al cabo, había dos Pop-Tarts por paquete, a pesar de que la guía nutricional decía que un pastel era una porción. No era raro comerme dos barras de granola como refrigerio.

Compraba cuatro cajas de una vez. Sin importar el tamaño de la porción, no sabía que esas comidas empaquetadas, procesadas, altas en carbohidratos y bajas en grasa en realidad no me estaban alimentando. En todo caso, me daban más hambre porque hacían que el nivel de azúcar sanguíneo tuviera altibajos siempre. Alimentaban mi resistencia a la insulina y trastorno metabólico, pero no alimentaban mi cuerpo con la energía que necesitaba; alimentaban la inflamación que me limitaba la movilidad y hacían que tomara analgésicos e inyecciones epidurales de esteroides para la espalda. Estaba hambrienta, obesa y enferma.

No más preocupación por los refrigerios

Cuatro años después, en los cajones de mi escritorio normalmente hay aceite de coco, café, salmón enlatado, chicharrones, vinagre de coco y aceite de aguacate en caso de que necesite un aderezo graso para ensaladas. Eran las 2:30 de la tarde el día en el que el hambre interrumpió mi trabajo, así que tuve que tomar una decisión: ¿parar y comer o seguir adelante para acabar la lista antes de salir de la oficina temprano para ir a buscar a mis hijos a las 3:30?

Tan solo una hora más y pude comer una comida completa en casa con mi familia a las 6. Mi glucemia estaba estable porque llevo comiendo alto en grasas y bajo en carbohidratos durante tanto tiempo que estoy realmente adaptada a la grasa. No necesité preocuparme por la hipoglucemia. Agarré una botella de agua y continué.

Estoy agradecida de no tener un hambre voraz casi cada hora del día. Cuando todo está más ajetreado de lo habitual o los planes cambian, mi atención no se centra en conseguir comida. Cuando el cuerpo está adaptado a la grasa, tiene fácil acceso a energía en sus reservas de grasa. ¡Mis muslos pueden alimentarme durante bastante tiempo! Por fin sé cómo se siente tener hambre de verdad y no estoy atada a fuentes alimenticias ni a comer según el reloj.

Mi listado estaba casi terminado cuando entré en mi auto en el estacionamiento. El sol en la cara era agradable. El estómago había dejado de refunfuñar cuando pensé en preparar la cena para mi familia, y tenía ganas de escuchar cómo les fue el día mientras cenábamos juntos.


Kristie Sullivan

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