Huevos del domingo por la mañana

eggs-4

Tengo un recuerdo agradable en mi primera infancia. Estoy de pie sobre una silla al lado de mi padre, que está en la cocina un domingo por la mañana cocinándome huevos fritos de la forma en que su madre solía hacerlos para él.

Tengo quizás cuatro o cinco años. Estoy mirando desde una distancia segura sobre la silla, mientras él inclina la sartén y echa cucharadas de grasa caliente de tocino sobre las suaves yemas. El calor de la grasa chisporrotea y las claras de huevo burbujean y se doran. La yema se cocina a la perfección en tocino graso.

“No hace falta darles la vuelta y arriesgarse a romper las yemas”, me explica. Cuanto más tiempo se coloca la grasa sobre la yema, más dura se vuelve se vuelve. Es fácil ver cambiar el color de la yema a medida que se cocina con cada cucharada.

A él le gusta poco hecha. A mí me gustan consistentes. Cuando están hechos como los queremos, los sirve, brillantes con la grasa. Al lado hay crujientes rebanadas de tocino. Sabe de maravilla.

Estaba pensando en huevos como estos el otro domingo por la mañana. Echaba una cucharada de grasa de tocino caliente sobre dos yemas regordetas, observándolas burbujear y dorarse.

Últimamente he comido muchos huevos así desde que empecé la dieta cetogénica hace dos años. Estuve pensando sobre este viejo recuerdo de los huevos con mi padre un domingo por la mañana mientras los hacía para mí. Me di cuenta con nostalgia (y un poco de consternación) que antes de empezar a comer keto, ni mi padre ni yo, ni ningún miembro de la familia comimos huevos de esta manera durante casi 50 años. Ese recuerdo, de mediados de los 60, fue probablemente la última vez.

La era baja en grasa

Mi padre era médico, un cirujano con un cargo académico. Se enorgullecía de mantenerse al día con toda la literatura médica. Leyó The Lancet, el New England Journal of Medicine, los Annals of Internal Medicine y otras de las principales revistas médicas cada semana hasta bien después de su jubilación.

Le convencieron como a casi todos los médicos de que los datos de las investigaciones indicaban la necesidad de reducir la grasa para la salud del corazón. En algún momento a mediados de la década de 1960, como familia, dejamos de comer grasas saturadas e hicimos un esfuerzo consciente por reducir nuestro consumo de colesterol en todas sus formas. Consumimos huevos con moderación. Nunca hubo un gran debate al respecto. Simplemente sucedió.

La margarina reemplazó a la mantequilla, las hamburguesas magras reemplazaron a la jugosa carne veteada. Se cortaba la grasa de bistecs y asados. Los huevos los hacíamos escalfados. No más huevos los domingos por la mañana con grasa de tocino. De hecho, esos huevos fueron denominados “huevos de ataque al corazón”, y todavía existe una receta con ese nombre en internet.

En mi edad adulta tomé un fobia tan grande por la grasa durante al menos tres décadas, que la idea de esos huevos cocinados con grasa de tocino me revolvía el estómago. Ese recuerdo de hacer huevos con mi padre no era un recuerdo grato, sino más bien un fragmento de un extraño momento lleno de grasa. “¿Puedes creer que solíamos comer huevos de esa manera?” (también comentamos sobre las fotos de esa época y lo delgados que estaban mi abuela, mi padre, mi madre y todos sus parientes. No relacionábamos en absoluto).

Cuando comencé a comer keto hace dos años, la parte más difícil para mí fue aceptar plenamente la incorporación de grasas saturadas a mi dieta después de décadas sin ella. Lo sentía aterrador y peligroso.

Sin embargo, pronto se hizo muy claro que la grasa había sido el macronutriente que faltaba en mi dieta. Mis antojos desaparecieron, mi prediabetes se corrigió, mis kilos de más se esfumaron, mi piel se hidrató (¡un gran logro cuando tienes más de 50 años!). Dejé de tener los talones de los pies gruesos y agrietados.

Ahora le añado grasa a todo: salteo la col rizada y otras verduras con mantequilla y ajo, agrego un poco de mantequilla a los huevos pasados ​​por agua (como siempre hacía mi abuelo). Derreto la mantequilla con cebollino y perejil en el bistec, como siempre lo hacían los asadores en los años 50 y 60. Los huevos revueltos, en lugar de estar secos y sin sabor, ahora son suaves con mucha mantequilla, crema y queso cheddar.

Y ahora mis huevos de domingo por la mañana cocinados en grasa de tocino son una de las delicias que más me gustan de esta forma de comer, que me une con un pasado más simple, antes de que nos desviáramos a la locura baja en grasas.

Hablé con mis padres el otro día; ahora ambos tienen 91 años y todavía están bastante bien, viviendo solos en su propia casa. Mis hermanas también han adoptado la dieta baja en grasas y alta en carbohidratos, por lo que mis padres están fascinados de escuchar cómo nos va con “esta nueva forma de comer”.

“No es realmente una nueva forma de comer”, le digo, “en realidad es una forma antigua de comer, ¿recuerdas cómo solías rociar los huevos fritos con grasa de tocino como tu madre?”.

“Oh, eso fue hace mucho tiempo”.

“Bueno papá, ahora comemos los huevos así de nuevo. No daña nuestra salud, de hecho, ayuda a nuestra salud. Y saben genial”.


Anne Mullens

Más

Una dieta cetogénica para principiantes

Recetas con huevos

Las publicaciones más populares de Anne Mullens

  • 7 cosas que debes saber sobre el alcohol y la dieta cetogénica
  • ¿Puede una dieta cetogénica tratar el cáncer cerebral?
  • El síndrome del intestino irritable (SII) y la dieta keto

Dejar una respuesta

Respuesta al comentario #0 por

Cargar anteriores