Auld Lang Syne

Fuegos artificiales

Hace una década decidí no hacer más propósitos de Año Nuevo. Me frustraba que a pesar de toda mi voluntad a principios de año, terminaba el año tal como lo comenzaba o peor. Cuando hacía propósitos, casi siempre eran los mismos.

Primero, me proponía organizar mis finanzas, lo que significaba llevar un registro de los gastos, talonarios de cheques y balances bancarios, además de comprometerme a ahorrar más dinero. Segundo, ¡me comprometía a perder peso! El nuevo año sería mi año para tomar el control de mi cintura en expansión. Lo último en mi lista era el ejercicio. Iba de la mano con la pérdida de peso; ir a un gimnasio y comenzar un régimen estructurado siempre fue parte de mis propósitos de “nuevo año, nueva yo”.

Mis propósitos normalmente duraban hasta la venta de galletas de las chicas exploradoras a mediados de enero. En los años buenos, mi nuevo plan de alimentación y ejercicio duraba hasta mi cumpleaños a finales de enero. Incluso cuando tenía la intención de celebrar mi cumpleaños con un solo día de frenesí alimentario, el 15 de febrero estaba buscando las rebajas del 75 % en los dulces de San Valentín. A fin de cuentas, necesitaba comprar suficiente chocolate para aguantar hasta después de las ventas de liquidación de Pascua. Cuando la Pascua terminaba, no había buenas rebajas de dulces hasta Halloween en octubre.

Los dulces, las golosinas y las comidas navideñas comenzaban en noviembre con el día de Acción de Gracias, y yo continuaba comiendo hasta el Año Nuevo, cuando limpiaba la cocina de nuevo, proclamando que seguiría cualquier programa financiero, de pérdida de peso y de ejercicio que aún no hubiera probado.

Haciéndolo de forma incorrecta

Finalmente, renuncié a hacer ningún propósito de Año Nuevo. Me negué a hacer propósitos para no decepcionarme todos los años. Consideré que el Año Nuevo no era nada especial y que podía hacer cambios positivos en mi vida cuando quisiera. Desafortunadamente, nunca pareció importar cuando empezaba. Lo que importaba no era cuando empezaba, sino lo que intentaba hacer.

Todos los planes de pérdida de peso de Año Nuevo estaban centrados en el mismo consejo equivocado. Me proponía comer menos y moverme más. Mi plan para bajar de peso siempre se centró en alimentos bajos en grasa que sabían fatal, eran muy diferentes a los que comía habitualmente, requerían más preparación de la que estaba acostumbrada y me dejaban con hambre la mayor parte del día.

En lugar de ayudarme con mi propósito, el esfuerzo de hacer ejercicio dificultaba mi plan aun más. Odiaba el ejercicio, y especialmente odiaba ir al gimnasio. En el gimnasio solía ser la persona más grande. La ropa de gimnasio no era halagadora para mi tamaño, lo que me hacía sentirme más incómoda. Como sudaba mucho, solo podía ir cuando tenía tiempo de ducharme y lavarme el pelo.

Para hacer ejercicio treinta minutos necesitaba al menos dos horas (20 minutos para cambiarme de ropa y manejar al gimnasio, 5 minutos para entrar y empezar, 30 minutos para hacer ejercicio, 5 minutos para salir, 35 minutos para manejar a casa y ducharme y 30 minutos más para secarme el pelo, vestirme y maquillarme). Trabajando a tiempo completo y teniendo hijos, parecía que apenas tenía tiempo ni para doblar la ropa, así que dedicar dos horas a algo que no quería hacer estaba condenado al fracaso desde el principio. Me propuse no comprometerme más a algo que sabía que no podía hacer.

Bajar de peso de una vez por todas

Era junio cuando decidí bajar de peso por última vez. No había “nuevo año, nueva yo” y no había cuotas inscripción en el gimnasio. Ni siquiera compré zapatillas de deporte nuevas. Sino que compré comida. La comida que compré era diferente a cualquier comida dietética que hubiera comprado antes. Siguiendo mis listas de alimentos muy bajos en carbohidratos, comía la carne de hamburguesa con queso más jugosas que podía encontrar y de aderezo ponía tocino, queso extra y mayonesa. La lechuga y el tomate eran opcionales.

La comida nunca me dejaba con hambre. De hecho, a diferencia de todas la dietas de Año Nuevo, la comida no solo sabía bien, sino que me dejaba llena durante horas. Tan llena que me olvidé de comer al tercer día. La ropa empezó a quedarme grande sin haber pasado nunca una tarjeta de membresía del gimnasio por la puerta de un vestuario. Dos semanas después de mi “dieta”, incluso me comí una galleta sin azúcar y observé una pérdida de un kilo (dos libras) a la mañana siguiente. En vez de idear formas de hacer ensaladas bajas en grasa y bajas en calorías, ignoré las calorías y confié en que mi cuerpo me dijera cuándo tenía hambre.

El mayor esfuerzo que necesitaba para seguir con mi dieta era evitar el azúcar, los almidones, la harina, la pasta y el arroz: carbohidratos. Tuve antojos las primeras semanas, pero nunca los alimenté con azúcares. Luché contra los antojos con grasa y agua con hielo. ¡El tocino es una arma poderosa contra los antojos! La mantequilla era otra arma secreta. ¡La mantequilla puede incluso hacer que el brócoli sepa bien! Tuve tocino y mantequilla cerca todo el tiempo. En Año Nuevo, era una nueva yo: más de 25 kg (55 lb) y no más tallas extras.

Cuando empezaron las ventas de galletas de las chicas exploradoras, el universo se rió de mí. ¡Yo era la madre de las galletas del grupo de chicas exploradoras de mi hija! Mi hija no solo vendió más de 300 cajas de galletas ese año, sino que cargué 600 cajas de galletas en mi auto y las guardé en mi comedor hasta que terminó la venta en marzo. Durante más de dos meses, conté, cargué, descargué y olí galletas. Estuve parada con temperaturas heladas en invierno con las chicas de la tropa para vender galletas en los estacionamientos los sábados. Ni una galleta pasó por mis labios. Su simple olor me parecía nauseabundo. Esas galletas eran parte de mi pasado. La parte de mi pasado cuando no podía cumplir mi propósito. Los viejos tiempos que no eran tan buenos recuerdos. Algunos conocidos deben olvidarse.

Este año, a medida que se acercaba el Año Nuevo, noté la avalancha de anuncios de pérdida de peso y las noticias sobre las “mejores” nuevas dietas. Escuché a mis amigos cuando me decían que el 2018 iba a ser diferente. Sonreí y asentí, animándoles a comprometerse a hacer del 2018 su mejor año. A medianoche del 1 de enero, dimos la bienvenida al nuevo año cantando, “Auld Lang Syne”, que significa algo así como “por los viejos tiempos”. Mientras cantábamos, pensé en cómo me enfrentaba al nuevo año sin propósitos desesperados sobre mi salud. Por nostalgia, podría hacer mi antigua resolución de seguir una “dieta” en 2018. Como en los viejos tiempos, en diciembre de 2018, terminaré el año tal como empecé, siguiendo mi viaje cetogénico.


Kristie Sullivan

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Acerca de Kristie

Kristie Sullivan comenzó una alimentación baja en carbohidratos en 2013 después de luchar toda su vida con la obesidad.

A causa de su éxito personal, empezó a ayudar a otras personas para que aprendan a hacer de la alimentación baja en carbohidratos un delicioso estilo de vida. Abrió un canal en YouTube, Cooking Keto with Kristie (Cocinando Keto con Kristie), y publicó una colección de sencillas recetas cotidianas con bajos carbohidratos que se llama Un Viaje hacia la Salud: Un viaje que vale la pena hacer.

Kristie promueve una alimentación muy baja en carbohidratos que se basa en comer limpio. También tiene una página en Facebook que se llama Simply Keto y un grupo de Facebook cerrado que se llama “Low Carb Journey to Health (Cooking Keto with Kristie)”.

Kristie vive con su familia en la hermosa región de Sandhills en Carolina del Norte. Tiene un doctorado en Investigación Educacional y Análisis de Políticas de la North Carolina State University y trabaja en asesoramiento de educación superior, evaluación, investigación y acreditación.

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